EL CABALLERO DESORIENTADO

Volviendo de ver la última película de “Thor” con unos amigos, nos preguntábamos por qué nos gustan tanto este tipo de películas. Cambian los efectos especiales, pero seguimos identificándonos fácilmente con alguien que tiene que luchar y soportar dificultades, ser fuerte y vencer a todos sus enemigos.

Es, de alguna manera, uno de los ideales de nuestra sociedad: que cada hombre haga un viaje heroico a través de su vida. De pequeños, imaginábamos caballeros medievales que combatían contra viles enemigos y potentes dragones; al crecer nos encontramos de cara con Spiderman, Thor y Tony Stark combatiendo a monstruos intergalácticos. Después de los estudios, durante la primera experiencia de trabajo, soñábamos que también nosotros pasaríamos por el mundo dejando una huella importante. Que luchando y soportando dificultades, los venceríamos a todos.

Poco tiempo después, nos dimos cuenta de que no hay muchos dragones por las calles y tampoco los alienígenas nos vienen a invadir todos los días. Vemos que luchar cansa, y que los moratones duelen: por lo cual hay que asegurarse de elegir bien la batalla. Y al final, ¿hay realmente batallas que merece la pena elegir? Lo que pensábamos que podría nutrir nuestros sueños durante muchos años, se ha agotado pronto. Pronto llega el aburrimiento, las crisis, la dificultad de vivir, la depresión, y empieza la búsqueda de placeres que nos permitan evadirnos de este estado de profunda insatisfacción. Algunos viven solos, otros se casan y tienen familia; pero pasados los veinte o treinta años, todos los hombres empezamos a tener un poco la impresión de que nuestras existencias de alguna manera “fallan” el blanco. Acumulamos cosas, experiencias, personas; pero nada parece realmente apagar y saciar nuestros corazones. Tenemos todo lo que podríamos desear pero somos, de alguna manera, infelices y andamos desorientados.

¿Cuál era el camino correcto y dónde lo perdimos?

Nos viene en ayuda un fragmento del antiguo mito del Graal, el del Rey Pescador:
“Un príncipe recorre las tierras encima de su magnífico caballo: es joven, fuerte y deseoso de descubrir todo lo que la vida puede ofrecerle. Amfortas es su nombre. De pronto, un caballero moro aparece en el horizonte. Amfortas es joven e impulsivo y ataca al moro con toda su fuerza porque así lo exige el código de honor de los caballeros. Hay una terrible batalla y el moro muere; pero un trozo de su espada hiere a Amfortas en la entrepierna. (Si, exactamente allí donde estáis pensando.) El príncipe será Rey, pero debido al dolor se esa herida acaba siendo impotente: no puede vivir con normalidad pero tampoco morir. Su reinado se arruina”.

La descripción del joven príncipe, demasiado enfermo para vivir pero incapaz de morir, resume muy bien la situación del hombre moderno que, en medio de tanta comodidad y tantos placeres, es incapaz de encontrar la felicidad y dar sentido a su vida.

En el lenguaje del mito, el joven príncipe es el que gobierna el mundo interior. Su herida en la entrepierna lo priva de una capacidad fundamental, la de engendrar. ¿Qué facultad interior ha quedado herida en nosotros? No el razonamiento, que nos da la ciencia y la tecnología. No las sensaciones, que constituyen la base de los placeres. No la intuición, que nos permite introspección y profundidad. La función olvidada es la “capacidad de sentir”, la que ocupa una posición “inferior” en nuestra mente. Esto queda de manifiesto en nuestra incapacidad de dar a las cosas un valor en lugar de un precio; en nuestras dificultades para integrar, gestionar y comunicar las emociones. Y es justo esta capacidad la que da felicidad, valor y sentido a la vida. Puede parecer raro que el sentido de la vida dependa de la capacidad de sentir y no de la razón, pero es así. Nadie ha encontrado una razón para vivir usando sólo el intelecto, ni ha encontrado plenitud en una serie interminable de placeres.

Esta herida se manifiesta también en la soledad y en la ansiedad que nos acompañan a muchos de nosotros y que, probablemente, es la más común y difundida en el mundo moderno…

Si me habéis seguido hasta aquí, igual os estáis preguntando ¿y qué pasa con las mujeres? ¿También tienen estos problemas con la soledad y la incapacidad de sentir o es sólo un problema masculino? ¿Y se puede hacer algo al respecto?Continuará con la próxima entrega: La damisela de las manos de plata.

Mario Ceresa és enginyer biomèdic a l´UPF

Rover Scout d´Europa

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